«Todos nos estamos muriendo de la misma enfermedad»: el cambio de paradigma que convierte el envejecimiento en algo tratable

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Hay una frase del nefrólogo Borja Quiroga que condensa toda una revolución médica en curso: «Todos nos estamos muriendo de la misma enfermedad: el envejecimiento». La formulación no es una licencia poética sino una posición científica cada vez más extendida: tratar el envejecimiento no como un destino inmodificable, sino como un proceso biológico con mecanismos identificables — y por tanto, intervenibles. En ese marco, la proteína Klotho se ha convertido en una de las piezas más estudiadas del rompecabezas, y su historia ilustra bien el cambio de paradigma. Descubierta en 1997 por el patólogo japonés Makoto Kuro-o, la proteína producida principalmente en los riñones demostró desde el inicio su relación directa con la longevidad: ratones sin ella envejecían de forma acelerada y morían prematuramente; ratones con sobreexpresión vivían hasta un tercio más; y en humanos, sus niveles descienden con la edad y su carencia se asocia a mortalidad, deterioro cognitivo, sarcopenia y enfermedad renal. La propuesta de los especialistas es doble. Primero, entender que el envejecimiento es «un proceso natural, aunque difícil de asumir, que se produce por daños a nuestros órganos que genera el cese de su funcionamiento normal» — un deterioro lento y acumulativo que se termina manifestando en pérdida de funcionalidad, enfermedades crónicas y dependencia. Segundo, actuar sobre lo modificable: el 80% del proceso que no depende de la genética. Las palancas son prosaicas — ejercicio, dieta mediterránea, sueño, manejo del estrés, evitar ultraprocesados y alcohol, cuidado bucodental — pero su efecto sobre la biología es medible: los estudios muestran que el ejercicio aumenta los niveles de Klotho entre un 8% y un 89%. Los matices existen y los propios especialistas los reconocen: no hay «pastilla» que aumente la proteína, no existe un nivel de referencia clínico estándar como el colesterol, y Klotho «no funciona sola ni es una varita mágica: forma parte de una red compleja en la que intervienen otros órganos, la microbiota, el sistema inmunológico y el entorno social». Pero representa algo fundamental, como resume Quiroga: «la prueba de que el envejecimiento no es solo cuestión de años, sino de biología cuidada». La medicina de la longevidad ya no busca la fuente de la eterna juventud; busca entrenar a la hilandera.

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