Si la demografía es destino, Nueva York está viviendo el suyo: cerca del 30% de la Gran Manzana es latina y, por primera vez con esa intensidad, esa comunidad no solo habita la ciudad sino que la administra. La alcaldía de Zohran Mamdani incorporó a nueve mujeres hispanas a puestos de máximo nivel, una cifra que convierte al español, la salsa, las arepas y las pupusas en idioma oficial de facto de los pasillos del poder municipal, con decisiones que tocan la vivienda, la salud, la educación, la inmigración, el ambiente y hasta el manejo de las multas.
La vicealcaldesa Helen Arteaga resume el espíritu del grupo con una expresión heredada de su Manabí natal: donde come uno, comen dos. La doctora ecuatoriana, que superó un cuadro grave de COVID-19 en el propio hospital que luego dirigiera, entiende el cargo como una responsabilidad hacia «la suramericana, la centroamericana y el Caribe», y presume de haber ayudado a colocar 200 mil vacunas y de haber fundado la clínica Plaza del Sol en Corona antes de saltar al segundo piso del gobierno sanitario de la ciudad.
Las demás comparten esa mezcla de orgullo y obligación. Lisa García, la comisionada ambiental, afirma sin rodeos que «los latinos somos más que lo que dice Trump de nosotros» y que su cargo es un símbolo de lo lejos que ha llegado la comunidad; Vilda Mayuga celebra entre risas que su ticket a la ciudad era solo de ida y que jamás pensó que una boricua criada en la isla dirigiría la agencia de juicios de la ciudad que marca pauta mundial; y Yokarina Duarte-Medina, la ex hija de vendedora ambulante, traduce la preparación ante emergencias con un podcast en español llamado «Prepárate».
Las colombianas aportan la perspectiva de dos generaciones: Sandra Escamilla-Davies, cuyos padres llegaron en 1964 sin inglés, insiste en que la preparación es la llave para aprovechar las oportunidades, mientras Claudia Cereceda —llegada de Bogotá con un año de edad— rechaza que se cuestione el aporte inmigrante: la pregunta correcta, dice, no es qué hacen los latinos por la ciudad, sino qué no hacen. Las dominicanas Annel Hernández y Annie Minguez llevan la justicia energética y el financiamiento comunitario, y la ecuatoriana Anabelle Zhuno, que asume con humor su poco español, maneja la agenda del alcalde y describe a Mamdani como alguien «exactamente como se ve», genuino y enganchado con la comunidad.
El balance colectivo admite luces y sombras: uno de cada cinco funcionarios es latino, un logro notable que las propias protagonistas califican de insuficiente y que convierten en tarea pendiente. Su estrategia compartida es servir de espejo para los jóvenes hispanos, demostrar en cada decisión que la imagen que desde Washington se vende de la comunidad es falsa, y trabajar porque el sueño americano que ellas alcanzaron —del campo ecuatoriano, del conurbano dominicano o de la fábrica en New Jersey a City Hall— sea accesible para todos los que vienen detrás.
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